sábado, 11 de febrero de 2017

No quería a la razón






Los edificios se difuminaban y el aire revoloteaba al paso de esa bici oxidada que atravesaba la calle estriada. Este descuido urbano hacía que sus ruedas vibrasen y se crease la certeza de un inminente accidente.

Sin embargo, temeraria, la bici seguía avanzando desplazando el aire que había a su alrededor.
Y precisamente aquella parte de la ciudad poseía una gran cantidad de oxígeno debido a su desolación.

El silencio era tal que se colaba a través de los tímpanos y hacia que le doliesen los oídos.

Podría haber parado y sugerido una triste canción que no dijera nada.
Haber prevenido todos los imprevistos y buscado cientos de caminos más sencillos.
Pero no quería otro territorio explorado más que el que no conocía.

Y si tenía que acabar por los suelos, gritando y con las rodillas en carne viva,
era mejor que sentir que la vida la llevaba en una dirección que no quería.


Ella, la bici, no tenía frenos, y su conductora no quería a la razón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario